El sol de la ciudad no pedía permiso, entraba por los ventanales de la corte como un juez más, recordándoles que afuera el mundo seguía girando mientras ellos se jugaban la vida entre cuatro paredes de madera rancia. Valeria sentía el calor pegándosele a la nuca, pero no se movió. Ni un milímetro.
Al lado de Adrián, ella era una estatua de mármol. Había ensayado esa expresión frente al espejo del baño durante horas: la barbilla lo suficientemente alta para denotar orgullo, pero no tanto como pa