La sesión terminó con el eco seco del mazo del juez aún resonando en sus oídos. El regreso al apartamento fue un desierto de palabras. Adrián caminaba como un autómata, con los ojos fijos en un punto inexistente, mientras Valeria intentaba sostenerle la mano, pero la sentía fría, sin vida. Al cruzar el umbral de su hogar, el silencio los envolvió como una mortaja. Adrián no gritó, no rompió nada; simplemente se dirigió a la habitación y cerró la puerta. El sonido del pestillo encajando fue el p