El eco de los pasos de Katia sobre el mármol del vestíbulo sonaba como disparos en el silencio sepulcral de la mansión Volkov. El aire allí dentro siempre era frío, pero esa noche se sentía gélido, cargado con la electricidad estática de una tragedia inminente. En el pasillo principal, tres maletas de diseño reposaban como ataúdes verticales, listas para el destierro de Anastasia. Los hombres de seguridad, vestidos de oscuro y con rostros de piedra, patrullaban las esquinas con una vigilancia q