Las calles del distrito de entretenimiento latían con una energía que me era completamente ajena. Grupos de gente feliz y ebria fluían entre los clubes, sus risas estallando como fuegos artificiales en la noche, cada una una puñalada sorda en mi silencio. Yo caminaba entre ellos como un fantasma, invisible, arrastrando los pies por la acera húmeda. Las palabras de Ana, Rosa y Anastasia resonaban en mi cabeza, un eco cruel y en bucle.
"Siempre viste como una anciana de noventa años." —Miré mi ab