El despacho de Carmen se sentía más pequeño que de costumbre. El aire estaba viciado por el olor a café cargado y papel viejo. Valeria y Adrián estaban sentados uno al lado del otro, en las sillas de madera frente al escritorio principal. Carmen no los miró de inmediato; mantenía la cabeza apoyada entre ambas manos, con los codos sobre la mesa, como si intentara contener una migraña monumental o el colapso de su propia paciencia.
Los primeros minutos fueron un silencio incómodo, casi asfixiante. Valeria sentía que cada segundo que pasaba le pesaba más en la conciencia. Se removió en la silla, sintiendo esa punzada de culpa que siempre la asaltaba cuando estaba frente a una autoridad. Era una sensación absurda: ¿por qué se sentía como si estuviera cometiendo un delito? Casarse con Adrián no era un crimen, pero bajo la mirada de la jefa de área, se sentía como un privilegio prohibido, una regla rota que no tenía perdón.
De repente, una calidez la sacó de sus pensamientos. Valeria sintió