El despacho de Carmen se sentía más pequeño que de costumbre. El aire estaba viciado por el olor a café cargado y papel viejo. Valeria y Adrián estaban sentados uno al lado del otro, en las sillas de madera frente al escritorio principal. Carmen no los miró de inmediato; mantenía la cabeza apoyada entre ambas manos, con los codos sobre la mesa, como si intentara contener una migraña monumental o el colapso de su propia paciencia.
Los primeros minutos fueron un silencio incómodo, casi asfixiante