El sonido de las puertas del ascensor cerrándose sobre el rostro pálido de Valeria fue como el impacto de una guillotina. En cuanto la dejé en la seguridad de nuestro ático, sentí que la última pizca de humanidad que me quedaba se evaporaba, dejando en su lugar un vacío gélido y peligroso. Crucé el estacionamiento con zancadas violentas y subí a la camioneta. El motor V8 rugió bajo mi mando, un eco del estruendo que recorría mis propias venas.
Salí a la calle sin mirar atrás. Conducir a toda