El sonido de las puertas del ascensor cerrándose sobre el rostro pálido de Valeria fue como el impacto de una guillotina. En cuanto la dejé en la seguridad de nuestro ático, sentí que la última pizca de humanidad que me quedaba se evaporaba, dejando en su lugar un vacío gélido y peligroso. Crucé el estacionamiento con zancadas violentas y subí a la camioneta. El motor V8 rugió bajo mi mando, un eco del estruendo que recorría mis propias venas.
Salí a la calle sin mirar atrás. Conducir a toda velocidad por las avenidas de Central City no era una imprudencia; era una necesidad física. Necesitaba que el mundo se moviera tan rápido como mi furia. Mis manos apretaban el volante de cuero con tal fuerza que sentía el crujido de los materiales, pero no me importaba. No pensaba con claridad, no estaba analizando los riesgos. Estaba absorto en una sola idea, una que quemaba como el ácido: defender mi hogar. Costara lo que costara. Se acabaron los protocolos. Se acabó el respeto filial.
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