A finales de noviembre, Rómulo regresó al cuarto de Miguel como quien regresa a un lugar que ya le duele. Las visitas se habían espaciado desde aquella tarde de cervezas y risas donde el deseo, mezclado con juventud y torpeza, había prendido como un relámpago que aún le chamuscaba la memoria. El frío había arreciado; un viento cortante barría las calles de Doctores y las nubes, bajas y pesadas, se apretaban contra los tejados como una promesa de tormenta.
Cuando empujó la puerta, la lluvia ya ca