Los días que siguieron fueron un desierto de soledad para Rómulo. Nadie llamó a su puerta. Nadie preguntó por el brazo vendado que aún le palpitaba bajo la camisa. La ciudad, con su bullicio insaciable, parecía burlarse de su silencio: cláxones que nunca callaban, risas que se escapaban de las fondas, el olor eterno a tacos al pastor y basura húmeda que se le metía en la garganta como un recordatorio de que él, simplemente, ya no existía para nadie.
Sentía, más que nunca, que su presencia era un