Miranda se paseaba por su habitación como un animal enjaulado, las lágrimas rodaban por sus mejillas mientras sostenía el teléfono contra su oído, su padre, Dianco De Luca, escuchaba al otro lado de la línea con creciente indignación.
—Papá, ya no sé qué hacer —sollozó Miranda, su voz sonaba rota por el llanto— Marcus casi nunca está en casa, y cuando viene, está de un humor insoportable, me trata como si fuera una extraña, como si no significara nada para él.
—Tranquila, cariño —la voz de Dian