Al mediodía siguiente, Dianco De Luca se encontraba en su despacho, su mente era un torbellino de pensamientos y remordimientos. La noche en vela había dejado surcos profundos bajo sus ojos, pero una determinación férrea brillaba en su mirada.
— Es hora — murmuró para sí mismo, poniéndose de pie con decisión — Tengo que hablar con Marcus, sin importar las consecuencias.
Llamó a su asistente, quien entró presuroso al despacho.
— Prepara el auto — ordenó De Luca — Voy a la villa Arched.
— Pero se