La cabeza le daba vueltas cuando se abrió camino al trote hacia el castillo. Esos hijos de perra, las bestias llamadas Bells inyectaron con sus dientes la toxina más virulenta posible, que ahora corría por sus venas como un río sin obstáculos para fluir. Las raíces de absolutamente todo su pelaje, pelo por pelo negro, ardía como mil fuegos. Estaba a dos alucinaciones más de arrancárselas él mismo. No soportaba ni siquiera su carne.
Tras unos pocos días de felicidad con su Kary, días en los que