66. Bajo la sombra del cuervo.
Tomé al niño por la muñeca y lo jalé desesperadamente hacia los árboles para escondernos ahí, con el corazón acelerado, con cada extremidad de mi cuerpo temblando de frío y también de miedo. Si ese cuervo nos encontraba, estaríamos fritos. Escuché nuevamente el aleteo por sobre nuestras cabezas. La niebla era demasiado espesa como para que pudiera vernos, pero tal vez podía percibirnos; hasta donde sabía, los Reyes Cuervo tenían poderes mágicos extraños, podían percibirnos, podían ver nuestro c