67. Los lobos que no vuelven.
Había sido incapaz de separarme de él durante toda la noche. Transformado en lobo, a su lado, habíamos pasado la noche en uno de los establos. El niño se había recostado en mí; era exactamente igual que mi lobo, el mismo tamaño, con la misma contextura, y él apenas era un pequeño niño. Cuando creciera, su lobo sería más grande y más fuerte. Me sentí orgulloso de eso, de que mi hijo se convirtiera en un lobo fuerte y poderoso. Pero primero teníamos que sortear ese problema.
Algo había pasado, al