6. Encerrada.

Cuando llegué a la habitación, me encerré. No quería hablar con nadie ni mucho menos que nadie me dijera nada. Me sentía bastante aterrada. Aún me latía con fuerza el corazón; no era capaz de entender lo que había pasado. ¿Por qué aquel hombre se había convertido en ese lobo gigante? Era algo que no era capaz de comprender.

Entonces la palabra *hombres lobo* llegó a mi cabeza. Había escuchado ese término alguna vez en mi vida, pero no eran más que rumores. Además, gran parte de mi vida la había pasado en aquellos laboratorios siendo una prisionera, tampoco es como que hubiera tenido demasiadas opciones de conocer sobre el mundo.

Pero, sea lo que sea que fueran estas personas, no me importaba. Lo único que me importaba era descubrir cuál era mi hijo y poder escapar de ahí. Había sido mi única razón de vivir durante todos esos años. Durante todos esos años que trabajé en la cafetería, ahorrando, investigando sobre lo que había sucedido, sobre cómo encontrar Alaska. Y ahora estaba ahí. Había llegado al fin, y nada iba a detenerme.

¿Y si eran una manada de hombres perro? Ahora lo entendía. Ahora entendía por qué Maximiliano se refería a su gente como manada. Entonces yo era la supuesta luna, lo que sea que esto significara.

Mientras cenaba de la comida que me habían llevado hasta la habitación, consideré que mi nueva posición podría ser ventajosa. Así como respetaban tanto a Maximiliano por ser su Alfa, él mismo dijo que me respetaban a mí por ser su luna, la segunda al mando.

Tal vez fuera una buena estrategia. Si me respetaban y me obedecían, seguramente alguno tendría que saber la verdad sobre cuál de los tres niños era el mío.

Me lo diría y me ayudaría a escapar de ser necesario. Pero para eso necesitaba ganarme la confianza de alguien dentro de la manada.

Definitivamente no podía ser de la supuesta pelirroja ridícula que me había declarado la guerra, pero seguramente debía de haber alguien que pudiera ayudarme.

Y estaba pensando en eso, en cómo conspirar a las espaldas de Maximiliano, cuando el hombre entró por la puerta. Se había puesto nuevamente sus pantalones vaqueros y su sombrero. Yo ni siquiera me había tomado la molestia de sentarme en la cama; estaba en una silla frente a la ventana mientras observaba la luna a través del cielo.

 — Necesito saberlo  — le dije en el momento en el que el hombre entró.

 — No necesitas saber nada, no seas ridícula. Solo tienes que obedecer, punto.

 — ¿Y voy a obedecerte sin saber qué es lo que está pasando?

Di un paso atrás cuando el hombre se acercó, y él lo notó.

 — ¿Crees que te haré daño? Si quisiera hacerte daño, hubiera dejado que aquel lobo te matara.

Se quitó su sombrero y luego comenzó a quitarse la camisa para ponerse su ropa para dormir.

 — ¿Te transformas en este perro de dos metros…?

— Dos punto cinco  — dijo él — . Y no es un perro, es un lobo. Sinceramente pensé que Gabriel te había contado al respecto.

 — No… no me dijo nada  — le dije.

Él se sentó en el borde de la cama, sin camisa, y me observó.

 — Claro, lo entiendo. Él no quiso decir nada para que no te aterraras y para que vinieras. Pero ya lo sabes: esto es una manada de hombres lobo. Una de muchas que existen en el mundo. Y ahora que atacaron a la luna de esta manada, estamos en guerra. Creo que no elegiste un buen momento para llegar a nuestras vidas.

Se desnudó por completo y luego se puso un pequeño pantalón que le llegaba a la mitad de la pierna, y se metió entre las sábanas.

 — Duerme. Mañana tendrás mucho trabajo.

 — ¿En tu cama?  — le pregunté.

Él asintió.

 — ¿Dónde más si no? Recuerda que tenemos que fingir que nos amamos. La manada tiene que creerlo. Es indispensable.

 — ¿Por qué? ¿Por qué los estás engañando de esta forma?

El hombre me apartó la mirada.

 — Después te lo digo. Pero ven y acuéstate. De todas formas, sí o sí tendrás que acostumbrarte a mi presencia y a dormir a la diestra de mi cama. Recuerda que tienes que darme un hijo.

Estaba a punto de gritarle que eso nunca iba a pasar, que primero moriría antes de volver a darle un hijo, pero me apreté con fuerza la lengua. Tenía que ser dócil. Tenía que convencerlo de que estaba dispuesta a colaborar para que se descuidara.

Apagó la pequeña lámpara de noche y la habitación se sumió en la oscuridad. Yo busqué entre la oscuridad la ropa para dormir que había llevado y luego me quedé de pie ahí, en el borde de la cama, observando la silueta desnuda del hombre mientras dormía.

Sería fácil asesinarlo. Solo tenía que bajar a la cocina por un cuchillo y luego clavárselo en el corazón. Era lo que se merecía.

Cuánto lo odiaba por haberse robado a mi hijo, por haberme hecho lo que me hizo, y ahora pretendía querer que yo le diera otro hijo. ¿No le bastaba con los tres que tenía? Era un enfermo y un maldito. Lo odiaba. Cuánto lo odiaba.

Y estaba ahí, de pie, observándolo, cuando habló:

 — No es fácil para mí tampoco  — dijo — . Pero si te vas a quedar ahí observándome con deseos asesinos, espero que al menos tengas el valor de intentarlo. Pero créeme, tendrás que utilizar más que un cuchillo si quieres matarme.

Yo retrocedí, aterrada. ¿Acaso me había leído la mente? Claro que no… eso era imposible.

Pero justo antes de que pudiera alejarme, el hombre me tomó con fuerza, lanzándome sobre la cama y subiendo sobre mí, apretándome con sus fuertes piernas. Pude sentir su aliento en mi cara cuando me habló:

 — Y vuelvo a lo mismo: tendrás que dar un hijo tarde o temprano  — dijo con una sonrisa lasciva en los labios — . Soy tu Alfa y tú eres mi Luna. Estás aquí para eso. Para complacerme. Para obedecerme. Tú eres mía, ¿entiendes? Vas a darme un gran hijo, tarde o temprano tendrás que hacerlo. ¿Qué te parece si empezamos a practicar hoy?

Intenté moverme para quitármelo de encima, pero tenía una fuerza arrolladora. Algo en él me generaba una sensación extraña en el vientre: ¿era su calor, la temperatura cálida de su cuerpo o su mano que comenzó a descender por mi vientre y a meterse por debajo de mi blusa?

Solo en ese entonces pensé… aquella misión sería más difícil de lo que imaginaba.

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