44. La verdad.
Comencé a retroceder, con tanto terror inundando mi sistema que perdí el equilibrio, tropezando contra una de las pequeñas sillitas que había junto al escritorio donde el niño hacía sus deberes y cayendo sentada en el suelo. Él me observó con una frialdad desconcertante desde arriba.
Quise decir algo, quise defenderme, pero me sentía prácticamente paralizada.
— ¿Estás diciendo…? — dije intentando ponerme de pie para tratar de restar importancia al asunto.
Era imposible. ¿Cómo el niño sabía mi