43. El niño que ve demaciado.

El niño parecía hastiado de mí y, sinceramente, yo tampoco sentía mucho placer por estar ahí en ese momento con él, pero ninguno tenía otra opción.

— ¿Por qué me odias? — le pregunté.

El niño caminó hasta el alféizar de la ventana. Se sentó ahí a observar el exterior a través del cristal.

— Porque no eres buena — dijo simplemente — . Yo sé que no eres buena.

— No tienes forma de saberlo si no me has dado la oportunidad de que nos conozcamos.

Luego clavó sus ojitos claros en los míos. No pude evitar ver los mismos ojos de Bastian, el hombre que había bebido agua de la calavera de uno de sus enemigos.

— ¿Ves? — le dijo, mientras me apartaba nuevamente la mirada — . Así que eres capaz de verme a la cara. Yo sé que eres mala. Yo sé que no viniste aquí con buenas intenciones.

— ¿Cómo haces para saber eso? — les dije, sentándome en la cama.

Era un poco más dura de lo que me imaginé para un niño tan pequeño. Él se quedó en silencio y yo lo observé detalladamente. Tenía cuatro años.
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