22. Alas en la ocuridad.
Escabullirme de los guardias fue realmente más fácil de lo que imaginé, porque de hecho había bastantes por ahí, distribuidos en toda la casa y también en la pradera, observando alrededor, seguramente vigilando por si se aparecía algún otro lobo de alguna otra manada.
Lo cierto es que la guerra se sentía tan palpable como el aire frío de la pradera que bajaba de las montañas a lo lejos. Parecía que estaba a punto de conseguirlo después de salir de la casa, mientras caminaba hacia el establo, cuando sentí una voz a mis espaldas.
— ¿A dónde crees que vas, mi luna?
Me olvidé inmediato y me encontré con un muchacho. Era atractivo, con el cabello rubio y los ojos grises como la luna que iluminaba aquella noche de primavera.
— ¿Cómo te llamas? — le pregunté.
El muchacho entrecerró los ojos.
— Soy Franco — dijo.
Fácilmente podría tener unos veinticinco o veintiséis años, así que no era tan muchacho, pero tenía una mirada juvenil, alegre, llena de vida.
— Franco — le dije — . ¿Cómo está