14. A la merced del Alfa.

No sabía cómo iba a librarme, cuando estaba en la cama prácticamente sin ropa, tentándome a probar, asegurando que no me arrepentiría, y yo estaba segura de que sí, claro que me arrepentiría. ¿Cómo no iba a arrepentirme de meterme a la cama con el hombre que me había desgraciado la vida?

No se me hubiera hecho extraño que él mismo hubiera sido mí comparador cuando mi padre me vendió hace muchos años, pero luego descarté la posibilidad: no me llevaba tantos años de edad. Cuando mi padre me vendió, seguramente no era más que un muchacho y, muy seguramente, todavía no había tomado el cargo de la manada. Así que no, él no era el que me había comprado. Pero aún así se había aprovechado de esa situación, se había aprovechado de que me habían convertido en una esclava y había conspirado para que me embarazaran en contra de mi voluntad para darle un heredero, y ahora pretendía hacer lo mismo. Era prácticamente un enfermo.

Intenté sentir rabia y asco por él, pero no pude hacerlo. No sabía por
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