113. El llamado de la sangre.
Tuve miedo. Claro que tuve miedo, porque los niños estaban peleando entre ellos de una forma violenta y de una forma aterradora.
Jamás en la vida me imaginé que presenciaría algo como eso. Una pelea de lobos era escalofriante; la había vivido antes, los primeros días que estuve en la manada, cuando un lobo intentó atacarme en el bosque y Maximiliano me defendió. Pero esto no tenía nada que ver con eso, era diferente. También podía sentirse el enorme poder que ambos lobos desprendían.
Se notaba que ninguno tenía experiencia para pelear, pero tal vez era su instinto el que los guiaba. Nicolás era un poco más hábil; Axel, seguramente por conservar aún su mente humana, se pensaba un poco más los movimientos, lo que le causó una tremenda mordida en la oreja que hizo que se abriera por la mitad. La sangre manchó su impecable pelaje blanco y yo levanté la cabeza y grité, pero en vez de gritar, lo que salió de mi garganta fue un ungido profundo, un aullido de auxilio.
Un centenar de concienci