111. La Explosión del Poder
Era inevitable que Maximiliano tuviera que regresar a las labores de la hacienda. A pesar de que tenían guerra a cuestas, la hacienda debía seguir su funcionamiento y la manada también. Así que tuvo que dejarme en la entrada, con la excusa de que cuando llegara en la tarde tendríamos que hablar de lo que había sucedido.
A ver, sinceramente no tenía ni idea de cómo lo había hecho. Él me lo preguntó, pero, ¿cómo había hecho que se quedara sin vista? Probablemente lo había alucinado. Yo no había hecho absolutamente nada al respecto, tal vez él había cerrado los ojos. También sabía que ese pensamiento era absurdo; si el lobo decía que yo le había quitado la visión, era por algo. Pero sinceramente no tenía la menor idea de lo que podía hacer.
Cuando llegué al establo, Axel estaba ahí, acostado sobre la pata delantera de Nicolás y apoyado en él. El lobo había bajado de peso; aún seguía viéndose robusto y muy poderoso, pero comenzaban a verse los huesos de su cadera. Cuando entré, la concien