El silencio en el despacho se volvió abrumador. La luz de la pequeña lámpara de pie sobre la mesa auxiliar proyectaba sombras alargadas y dramáticas sobre la figura de Dante, haciendo que sus facciones parecieran talladas en piedra oscura.
Alessia no se movió. Sabía que cualquier intento de excusa infantil sería ridículo; estaba atrapada con las manos en la masa, frente a la caja fuerte abierta a medias y en mitad de la noche.
—Es una mala costumbre invadir el espacio de un hombre a estas horas