El sol de la tarde se filtraba a través de los inmensos ventanales de arco de la mansión de los de la Vega, proyectando destellos dorados sobre el suelo de mármol pulido. En el centro del vestidor principal, un espacio que parecía más una boutique de alta costura de París que una habitación, Alessia de la Vega contemplaba su reflejo con un mohín de insatisfacción. Tenía veintiún años, una melena castaña que le caía en cascada sobre los hombros y la firme convicción de que el mundo entero había sido diseñado para complacer sus caprichos.—No me gusta el rosa empolvado, Bianca. Me hace parecer una taza de porcelana barata —protestó Alessia, cruzándose de brazos mientras daba un golpe seco con su tacón de diseñador contra el suelo—. ¿Por qué tengo que llevar este vestido a la cena de gala de los Thorne? Es aburridísimo.A pocos pasos, su hermana mayor, Bianca, suspiró con suavidad. Bianca era el epítome de la elegancia y la compostura. A sus veinticuatro años, poseía una gracia serena qu
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