El eco de los disparos arriba aún retumbaba en las vigas del techo cuando la última frase de la cinta se disipó en el aire helado de la bodega. Alessia se quedó inmóvil, con el reproductor metálico apretado contra el pecho, sintiendo cómo el mundo que había reconstruido trozo a trozo se desmoronaba de nuevo en un segundo de revelación brutal.
El hombre que estaba a solo tres pasos de ella, el implacable magnate que vestía trajes de miles de dólares y manejaba un imperio con puño de hierro, no e