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—¡Risa! ¿Qué te ocurre? —exclamó Tilda, corriendo a agacharse frente a mí.

En ese momento al fin logré vomitar. La sanadora me sostuvo la frente. Intentó limpiarme la boca cuando pasó la arcada, pero mi estómago tenía otros planes. Vomité hasta que ya no me quedaba ni siquiera bilis por expulsar. El estómago aún me arrancaba gemidos de dolor, que se extendía por mis entrañ

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