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—¿Puedo ofrecerte un té, para que no te duermas mientras me escuchas?

Acepté riendo por lo bajo.

Las damas aparecieron como si hubieran estado esperando ocultas tras los cortinados, nos sirvieron té con pastel de manzana y volvieron a dejarnos solas.

El atlas que trajo una de ellas era mucho más voluminoso que el que me regalara Brenan, y los mapas ocupaban dos páginas, aún más artísticos y detallados. Me mostró uno en el que el Valle no era más que un punto que buscó

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