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La semana siguiente fue como un oasis en mi tumultuosa llegada al castillo. Me curé de la intoxicación, los cortes de mi brazo y mi cara terminaron de sanar sin complicaciones, y mi otro brazo parecía casi listo para prescindir de las varillas. Pasaba las mañanas con las sanadoras, las tardes con Aine y las noches con el lobo. Por primera vez no echaba de menos la tranquilidad de la cueva, y comenzaba a sentir que la vida en el castillo tal vez no resultara tan mal

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