Mundo ficciónIniciar sesiónSamantha debería decir algo. Pero las palabras se le atragantan en la garganta, ahogadas por el ritmo acelerado de su propia respiración. En lugar de eso, inclina la cabeza, solo un poco, y ese pequeño movimiento es todo lo que Dominik necesita para profundizar el beso. Su lengua se desliza entre los labios de Samantha, caliente y húmeda, explorando con una lentitud deliberada, como si memorizara cada recoveco de su boca. Sus dientes rozan el labio inferior de Samantha, tirando con suavidad antes de soltarlo, y ella jadea, un sonido que se pierde en la boca de Dominik cuando la besa de nuevo, más duro esta vez, como si quisiera borrar el espacio entre ellos.
Sus cuerpos chocan, y Samantha siente la dureza de su erección contra su vientre, un recordatorio crudo de lo que esto es. Pero no es solo eso. Porque cuando Dominik la levanta en brazos—sin esfuerzo, como si no pesara más que una pluma—Samantha no protesta. Sus piernas se envuelven alrededor de su cintura por instinto, sus talones presionando la parte baja de su espalda, acercándolo más. Él la lleva así, sin prisa pero sin detenerse, hasta que la espalda de Samantha golpea contra el colchón de la cama. El impacto es suave, amortiguado por las sábanas de algodón, pero el sonido que escapa de su garganta no lo es: un gemido bajo, que hace que Dominik se detenga por un segundo, los ojos oscurecidos por el afrodisíaco. —Dios… —susurra, mirándola como si acabara de descubrir algo que siempre estuvo frente a él—. Eres… joder, eres perfecta. Samantha no responde. No puede. Porque en este momento, con Dominik arrodillado entre sus piernas, las manos deslizándose por sus muslos para levantar el vestido hasta su cintura. Los dedos de Dominik encuentran el elástico de sus bragas—sedosas, negras, el único detalle que se permitió al vestirse esa noche—y tira. No con brutalidad, sino con una determinación que no admite objeciones. El sonido del tejido rasgándose es ínfimo, casi imperceptible bajo el rugido de la sangre en los oídos de Samantha, pero lo escucha. Lo siente. Y cuando el aire frío de la habitación golpea su sexo húmedo, no puede evitar arquearse, buscando sin querer el contacto que sabe que vendrá. Dominik no la hace esperar. Sus dedos—dos, gruesos, con las yemas ásperas—se deslizan entre sus labios, encontrando su clítoris hinchado con una precisión que la hace jadear. —Estás empapada —gruñe, la voz tan baja que Samantha casi no la reconoce. Sus dedos se mueven en círculos lentos, aplicando justo la presión necesaria para hacerla retorcerse—. ¿Es por mí? ¿O es por él? Ella debería mentir. Debería decir que es por Rafael, que esto no significa nada, pero su cuerpo la traiciona. —Por ti —confiesa, las palabras escapando antes de que pueda detenerlas. Su espalda se arquea cuando Dominik aumenta la presión, sus caderas moviéndose en pequeños círculos, buscando más. Él gime, y el sonido es casi doloroso. Como si esas palabras lo hubieran roto en dos. —Joder, joder—. Sus dedos se retiran, y por un segundo, Samantha cree que va a detenerse. Que la cordura, por fin, ha regresado. Pero entonces siente el roce de su lengua—caliente, húmeda, implacable—contra su sexo, y todo pensamiento coherente se evapora. Su boca cubre todo su centro, desde la entrada de su vagina hasta el pequeño bundle de nervios de su clítoris, y la succión que aplica es tan intensa que Samantha grita, sus manos volando hacia su cabeza, los dedos enredándose en su pelo. Él no se detiene. No respira. Sus labios se sellan alrededor de su clítoris, chupando con un ritmo constante que hace que las piernas de Samantha tiemblen, que sus muslos se aprieten alrededor de su cabeza como si quisieran atraparlo allí para siempre. —Dominik, por favor—. No sabe qué está pidiendo. Que pare. Que no pare. Que la lleve al borde y luego la empuje por él. Pero él parece entender, porque un dedo—grueso, curvo—se desliza dentro de ella sin aviso, llenándola de una manera que la hace ver estrellas. —Tan apretada—murmura contra su piel, la vibración de su voz haciendo que sus paredes internas se contraigan alrededor de su dedo—. Como si nunca te hubieran tocado antes. Eso la enciende más de lo que debería. Porque no es verdad. Rafael la ha tocado. La ha follado. La ha hecho venir más veces de las que puede contar. Pero nunca como esto. Nunca con esta urgencia desesperada, como si el mundo fuera a acabarse si no la hace suya en este instante. Dominik añade un segundo dedo, estirándola, preparándola, mientras su lengua sigue trabajando su clítoris con una devoción que la vuelve loca. Samantha puede sentir cómo se acerca, cómo el placer se enrosca en su vientre como un resorte listo para soltarse. —Voy a… voy a—. —No te detengas —ordena Dominik, levantando la cabeza solo lo suficiente para mirarla, sus labios brillantes por ella—. Quiero verlo. Quiero sentirlo. Y entonces Samantha se rompe. El orgasmo la golpea como una ola, arrastrándola bajo una marea de sensaciones que la dejan sin aliento. Sus muslos tiemblan, sus paredes se aprietan alrededor de los dedos de Dominik, y un chorro de fluidos calientes escapa de ella, empapando su mano, la sábana, todo. Él no se aparta. Sigue lamiendo, bebiendo cada gota como si fuera el néctar más dulce, hasta que Samantha, agotada, cae sobre el colchón, el pecho subiendo y bajando con respiraciones entrecortadas. —Necesito follarte— jadea Dominik entre besos, sus caderas empujando contra ella en movimientos cortos y desesperados. Su erección es una barra de hierro contra su vientre, tan caliente que Samantha puede sentir el latido a través de la tela de sus pantalones. —Necesito estar dentro de ti, ahora. Sus palabras deberían asustarla. Deberían hacerla forcejear, gritar, algo. Pero en lugar de eso, Samantha solo gime, arqueándose contra él, sus caderas moviéndose en círculos lentos que frotan su clítoris hinchado contra el músculo duro de su abdomen. El placer es un cuchillo afilado entre sus piernas, cortando cada pensamiento coherente. —Dominik…— su nombre sale como una súplica, sus dedos enredados en su pelo, tirando con suficiente fuerza para que él gruña. —No podemos… —No me importa— ruge, y entonces sus labios están en su oreja, su aliento caliente haciendo que se estremezca. —Solo está vez. El gemido que escapa de Samantha es casi un sollozo. Cuando Dominik la baja al suelo con un gruñido, sus piernas apenas la sostienen. Se tambalea, pero él está ahí, sujetándola, sus manos grandes envolviendo sus muslos mientras se arrodilla frente a ella. —Sostente— ordena, su voz un gruñido áspero en su oído. Samantha apenas tiene tiempo de apoyar las manos contra el vidrio antes de que sienta el tirón de su cremallera. El sonido del cinturón de Dominik desabrochándose es obsceno en el silencio de la habitación. Luego, sus pantalones caen al suelo, seguido por el crujido de un condón siendo abierto con dientes. —No tengo… no tengo cabeza para esto— confiesa Dominik, su aliento caliente contra su cuello mientras sus dedos se enredan en su pelo, tirando justo lo suficiente para que ella gima. —Solo sé que necesito follarte. Samantha debería detenerlo. Debería recordarle que esto es una locura, que Rafael podría regresar en cualquier momento, que el solo está influenciado por la droga. Pero cuando siente la cabeza gruesa de su pene presionando contra su entrada, todo lo que sale de su boca es un gemido roto. —Por favor… No está segura de si está suplicando que se detenga o que continúe. Pero Dominik no le da la oportunidad de decidir. Con un empujón lento pero implacable, se hunde dentro de ella, estirándola alrededor de su grosor de una manera que hace que sus ojos se llenen de lágrimas. —¡Dios!— Es demasiado. Demasiado grande, demasiado intenso. Samantha clava las uñas en el cristal, su aliento empañando la superficie mientras Dominik se retira casi por completo antes de volver a empujar, esta vez más profundo. El dolor y el placer se entrelazan en una espiral que la deja sin aliento. —Se siente tan bien.— jadea Dominik, sus caderas comenzando un ritmo lento pero devastador. —Tan jodidamente apretada… Cada embestida la empuja más fuerte contra la pared, el calor de Dominik la quema por detrás. Sus manos están en todas partes—una en su cadera, guiando sus movimientos, la otra enredada en su pelo, tirando justo lo suficiente para que cada empujón la llene más, más profundo. Samantha puede sentir cada centímetro de él, cada vena, cada latido de su pene dentro de ella, y es demasiado. —No puedo…— llora, su voz quebrada. —No puedo… —No puedes qué?— Dominik gruñe, sus dientes hundiéndose en el hombro de ella mientras sus caderas golpean contra su trasero con un slap húmedo. —Solo aguanta un poco más. La crudeza de sus palabras, debería enfurecer la. Pero en lugar de eso, Samantha solo gime, su cuerpo traicionero apretándose alrededor de él, sus paredes internas palpitando con cada embestida. —Sí…— susurra, y el sonido que sale de Dominik es casi un rugido. Sus movimientos se vuelven más erráticos, más desesperados. Cada empujón ahora es un golpe brutal, su pelvis chocando contra su trasero con un sonido carnal que resuena en la habitación. Samantha puede sentir el sudor goteando entre ellos, sus cuerpos resbaladizos, el aire cargado con el olor a sexo y piel. —Voy a… voy a correrme— jadea Dominik, sus dedos clavándose en sus caderas con suficiente fuerza para dejar moretones. —Dios, Samantha, voy a… —No pares— suplica ella, y es eso esa admisión rota—lo que lo lleva al límite. Con un gruñido gutural, Dominik se clava en ella una última vez, tan profundo que Samantha grita, su cuerpo sacudiéndose alrededor de él mientras siente el calor de su liberación a través del condón. Cada espasmo de su pene dentro de ella envía oleadas de placer residual a través de su propio cuerpo, hasta que ambos están jadeando, temblando, sus cuerpos pegajosos con sudor y algo más primitivo. Durante un largo momento, solo hay silencio. El sonido de sus respiraciones entrecortadas, el latido de sus corazones. Dominik sigue dentro de ella, su cuerpo grande y caliente presionándola contra la cama, como si temiera que si se mueve, todo esto desaparecerá. Entonces, lentamente, como si apenas estuviera recuperando el control, sus labios rozan el punto donde su hombro se encuentra con su cuello. —Prosti— susurra, y Samantha sabe, sin necesidad de traducir, que es "perdón".






