Mundo ficciónIniciar sesión[Pov' Samantha]
Abro los ojos lentamente, con esa sensación pesada en el cuerpo que no es solo cansancio, es algo más denso, más presente, como si cada músculo recordara algo que mi cabeza todavía está tratando de ordenar. Me quedo unos segundos mirando el techo sin moverme, respirando despacio, intentando ubicarme, pero no dura mucho porque todo vuelve de golpe, sin aviso, como una ola que no te da tiempo a prepararte. Dios. Cierro los ojos un segundo, apretándolos con fuerza, como si así pudiera detener el recuerdo, pero no funciona. Mi cuerpo lo sabe antes que mi mente. La forma en que me siento, el ligero dolor, el calor que todavía no termina de irse… no hay forma de engañarme. Tuve sexo con él. Con Dominik. Abro los ojos otra vez y giro la cabeza lentamente hacia el otro lado de la cama. Vacío. No está. Ni rastro. Ni el más mínimo indicio de que alguien más estuvo aquí hace unas horas, aunque todo en mi cuerpo diga lo contrario. Me incorporo un poco, llevando la sábana conmigo casi por instinto, cubriéndome aunque no haya nadie mirando, y dejo escapar el aire de golpe, como si recién ahora me permitiera reaccionar. Estoy sola. Me llevo ambas manos al rostro y me cubro los ojos, dejando que el silencio de la habitación me caiga encima. Maldición. No entiendo en qué momento todo se salió de control. No entiendo cómo pasé de caminar hacia el altar sintiéndome segura, enamorada, convencida de que estaba tomando la decisión correcta… a estar aquí, el primer día de casada, tratando de procesar que me acosté con el tío de mi esposo. Suena tan absurdo que casi parece mentira, pero no lo es. Es demasiado real. Suelto una risa baja que no tiene nada de gracia, más bien es esa risa que sale cuando algo duele y no sabes cómo manejarlo. Bajo lentamente las manos y me quedo mirando al frente, con la respiración un poco irregular. Pero lo peor no es eso. Lo peor es que… no me arrepiento. Porque debería sentir culpa, debería estar destrozada, debería odiarme por lo que hice… pero no es eso lo que me domina ahora. Lo que me domina es la rabia. Una rabia que me quema por dentro y que hace que mis dedos se tensen sobre la sábana. Rafael. Solo pensar en él hace que algo dentro de mí se endurezca. Y entonces vuelven los mensajes, como si alguien los repitiera una y otra vez en mi cabeza sin darme descanso. La mercancía es tuya esta noche. Los veinte millones están en tu cuenta. No te preocupes por ella. Sabe obedecer. Aprieto los dientes con fuerza, sintiendo cómo me hierve la sangre. La palabra me golpea más que todo lo demás. Obedecer. Como si yo fuera algo que se usa, que se entrega, y luego se desecha. Dejo escapar el aire lentamente, pero no me calma. Fui tan estúpida. Creí en él. En cada gesto, en cada palabra, en cada promesa. Pensé que me amaba. Pensé que esto… que nosotros… era real. Y al final solo fui una pieza más en su maldito juego. Un intercambio. Un trato. Algo que podía entregar sin pensarlo dos veces. Me dejo caer hacia atrás otra vez, mirando el techo, sintiendo cómo la frustración me llena el pecho. Cierro los ojos otra vez y paso una mano por mi cabello, exhalando despacio. Fue intenso. Demasiado. Tan real que todavía puedo sentirlo en la piel, en la forma en que mi cuerpo reacciona al recordarlo, y eso solo complica todo más. Qué vergüenza. Giro un poco el rostro hacia la almohada, escondiendo la cara por un segundo, como si alguien pudiera verme. ¿Cómo se supone que voy a mirarlo ahora? Porque esto no es algo que se pueda ignorar. No es algo que se borra con el tiempo o con silencio. Pasó. Está ahí. Y lo peor es que no fue algo frío ni distante. No fue algo que pueda fingir que no significó nada. Paso la mano por el lado vacío de la cama, sintiendo las sábanas desordenadas, todavía con el rastro de lo que ocurrió. ¿Se fue sin decir nada? ¿Sin siquiera mirarme cuando despertara? Frunzo ligeramente el ceño, sin saber exactamente por qué eso me molesta. No debería importarme. Nada de esto debería importarme. Exhalo lento, quedándome quieta, con la mirada perdida en ese espacio vacío. Mi primer día de casada. Y ya estoy pensando en otro hombre. Suelto una risa baja, negando con la cabeza, sintiendo esa mezcla absurda de vergüenza, rabia y algo más que no termino de definir. ____ Camino hasta el baño prácticamente arrastrando los pies, sintiendo el peso de todo lo que pasó caerme encima ahora que ya no hay distracciones, ahora que no hay nadie más en la habitación. Cada paso se siente lento, como si mi propio cuerpo estuviera en mi contra, como si todavía no terminara de procesar nada. Cuando finalmente cierro la puerta detrás de mí, me apoyo un segundo en el lavamanos, levantando la mirada hacia el espejo. Mi reflejo me devuelve una imagen que no sé si reconocer del todo. El cabello desordenado, los ojos ligeramente hinchados, la piel marcada por el cansancio… y ciertos chupetes. —Dios… —pienso, dejando escapar el aire lentamente—. No sé si reír o llorar. Y es verdad. Hay una parte de mí que quiere reírse de lo absurdo que es todo esto, de lo ridículo que suena si alguien lo dijera en voz alta. Me casé, descubrí que mi esposo es un maldito traidor y terminé acostándome con su tío en la misma noche. Suena como una broma cruel. Pero no lo es. Me paso una mano por la cara y giro la llave de la ducha sin pensarlo demasiado. El sonido del agua llenando el espacio me da un pequeño respiro, como si por unos segundos pudiera dejar de pensar. Me meto bajo el agua caliente casi de inmediato, cerrando los ojos mientras dejo que el calor recorra mi cuerpo, relajando poco a poco la tensión que tengo acumulada. Aprieto los labios, dejando que el agua caiga sobre mi rostro. No. No voy a quedarme en eso. No voy a quedarme sintiéndome como una víctima. Abro los ojos lentamente, respirando más profundo, dejando que la claridad empiece a abrirse paso entre todo el caos. Rafael tomó una decisión. Él empezó esto. Él decidió usarme, venderme, humillarme sin siquiera pensarlo dos veces. Y eso no lo voy a dejar pasar. Salgo de la ducha unos minutos después, envolviéndome en una toalla mientras el aire frío de la habitación me eriza la piel. Camino hasta la maleta que trajimos… La abro sin cuidado, rebuscando entre la ropa hasta encontrar algo sencillo. Me visto rápido, me seco el cabello lo justo, sin preocuparme demasiado por cómo se ve, y tomo mi bolso antes de mirar una última vez la habitación. —Esto no se queda así… —pienso mientras camino hacia la puerta. Salgo de la habitación sin mirar atrás, cerrando con un leve golpe que rompe el silencio del lugar.






