Mundo ficciónIniciar sesiónEl cuerpo de Dominik se tensa de repente, como si una corriente helada lo atravesara a pesar del fuego que aún le quema las venas. Sus manos, que momentos antes sujetaban a Samantha con una posesión brutal, se abren ahora con dedos temblorosos. La respiración entrecortada, el sudor frío mezclándose con el calor de la lujuria en su piel, lo obligan a retroceder hasta el borde de la cama. Se sienta con un golpe sordo, los músculos de sus brazos rígidos mientras clava las uñas en el colchón de seda, como si eso pudiera anclarlo a la realidad.
Samantha sigue jadeando, el vestido de novia arrugado alrededor de sus caderas, las medias rotas y el cuerpo aún palpitante por el orgasmo que le arrebató sin piedad. Sus labios, hinchados por los besos y las mordidas de Dominik, tiemblan cuando intenta incorporarse sobre los codos. —Joder… —Dominik gruñe, pasando una mano por su rostro como si pudiera borrar la niebla de deseo que aún nubla su mente. Los efectos del afrodisíaco no han desaparecido, pero ahora luchan contra algo más profundo: un destello de cordura que lo golpea como un puñetazo—. Esto no… —murmura, más para sí mismo que para ella, pero Samantha lo escucha. Ella se ajusta el corpiño del vestido, cubriendo sus pechos semi-expuestos con un gesto instintivo, aunque el tejido rasgado apenas logra ocultar los pezones duros, aún sensibles por los dedos de Dominik. —¿Qué… qué demonios fue eso? —logra articular ella, la voz quebrada. No es una pregunta, no realmente. Es un susurro cargado de algo que no puede nombrar: vergüenza, rabia, algo más oscuro que se enreda en su estómago. Dominik exhala con fuerza, los hombros tensos bajo la camisa impecable, ahora arrugada y con los primeros botones desabrochados. Sus ojos, de un gris frío como el diamante, se clavan en los de ella. —Rafael te entregó a mí —dice, y las palabras caen como piedras en un estanque quieto—. Pero el muy maldito me drogó para asegurarse de que no me detendría. Samantha parpadea, el corazón golpeándole las costillas con tal fuerza que casi le duele. Escucha las palabras, pero no las comprende del todo. Como si su mente se negara a aceptarlas. —¿Qué? Dominik se inclina hacia adelante, sacando el teléfono del bolsillo interior de su chaqueta con movimientos bruscos. El dispositivo brilla en la penumbra de la habitación, la pantalla iluminando su rostro anguloso, marcando las sombras bajo sus pómulos altos. —Mira. Los mensajes están ahí. En negro sobre blanco. Fechados. Horas atrás. "El trato está hecho. La mercancía es tuya esta noche. Solo asegúrate de que no haya marcas permanentes. —R.A." "El contrato está firmado. Los 20 millones están en tu cuenta. Disfruta mientras dure. —D.A." "No te preocupes por ella. Sabe obedecer. Y si no… bueno, siempre puedes recordarle su lugar. —R.A." "Eres un inútil que no merece el apellido Adler." —D.A. Samantha siente cómo el aire se le escapa de los pulmones. Las letras bailan ante sus ojos, borrosas por un instante antes de enfocarse con una claridad cruel. Cada palabra es un cuchillo que se clava más hondo. Mercancía. Obedecer. —¿Esto es… esto es una broma? —su voz suena ajena, como si viniera de muy lejos. Dominik deja caer el teléfono sobre la cama, el sonido amortiguado por las sábanas de satén. —Ojalá lo fuera —responde, y hay algo en su tono que no es solo frialdad, sino algo más. Algo que casi parece… arrepentimiento—. Pero mi sobrino es un inútil que no le importa jugar sucio. Ella sacude la cabeza, el velo aún colgando de su peinado deshecho, como un sudario alrededor de sus hombros. —No… no puede ser. Él me ama. Me lo dijo. —Las palabras saben a ceniza en su boca. —. Me prometió… —Te prometió lo que sea necesario para que firmaras esos papeles —Dominik se pasa una mano por el cabello, desordenándolo—. Los Adler no nos casamos por amor, pajarito. Pero si somos fieles a nuestras parejas—Hace una pausa, y cuando habla de nuevo, su voz es más baja, más peligrosa—. Pero el es una sanguijuela que no conoce límites. Samantha siente cómo algo dentro de ella se rompe. No es solo el corazón. La humillación arde como ácido en su garganta, pero bajo eso, algo más oscuro comienza a retorcerse: furia. —¿Y tú? —pregunta, levantando la barbilla, los ojos brillando con lágrimas no derramadas—. ¿Tú simplemente aceptaste? ¿Como un perro bien entrenado? Por primera vez, Dominik parece realmente afectado. Sus labios se fruncen, y por un segundo, Samantha jura ver algo parecido a culpa cruzar su rostro. Pero entonces sus ojos se oscurecen de nuevo, y esa expresión desaparece, reemplazada por algo más frío. —Yo no tuve elección —gruñe, levantándose de la cama con un movimiento fluido. El cuerpo le responde con un dolor sordo en la ingle, el afrodisíaco aún corriendo por sus venas, pero se niega a ceder—. Me drogó, joder. aprovecho un descuido y coloco esa m****a en el whisky durante el brindis. —Se ajusta el pantalón, donde la erección, aunque menos insistente, aún se marca bajo la tela. Se dirige hacia el baño, los pasos firmes, como si cada centímetro de distancia entre ellos pudiera enfriar el fuego que aún lo consume. Pero Samantha no lo deja ir. En un movimiento rápido, se lanza hacia adelante, agarrando su muñeca con fuerza. El contacto la quema, pero no retrocede. —¡No te atrevas a alejarte de mí! —su voz es un silbido furioso, los dedos clavándose en su piel—. ¡No después de esto! Dominik se detiene, girando lentamente hacia ella. Sus ojos verdes brillan con una mezcla de sorpresa y algo más… algo que se parece peligrosamente al deseo renovado. —¿Qué vas a hacer, pajarito? —pregunta, la voz baja, casi un desafío—. ¿Golpearme? ¿Gritar? —Se inclina, acercando su rostro al de ella, el aliento caliente contra sus labios—. Adelante. Hazlo. Pero no cambies el hecho de que tu cuerpo ya me pertenece. Ella debería soltarlo. Debería apartarse, correr, gritar hasta que alguien la escuche. Pero no lo hace. En lugar de eso, con un movimiento que parece ajeno a su propia voluntad, Samantha empuja a Dominik contra la cama. El impacto lo hace tropezar, y antes de que pueda reaccionar, ella se sube sobre él, astral sobre sus caderas, las piernas a ambos lados de su cuerpo. El vestido se levanta, dejando al descubierto sus muslos desnudos, la piel aún enrojecida por las marcas de sus dedos. Dominik jadea, sorprendido, pero no se resiste. No cuando ella lo mira con esos ojos oscuros, llenos de una mezcla de rabia y algo más… algo que huele a venganza. —Si soy un regalo —susurra Samantha, inclinándose hasta que sus labios rozan los de él—, entonces tomaré lo que es mío. Y luego lo besa. Los labios de Dominik se aplastan contra los de Samantha con una urgencia que no admite resistencia. No es el beso de antes, ni el roce tímido de alguien que prueba aguas desconocidas—ahora es un hombre que se ahoga y ella, sin quererlo, es el oxígeno que lo mantiene a flote. Sus manos, grandes se clavan en la cintura de Samantha, arrastrándola contra su cuerpo como si temiera que, de soltarla, ella se desvaneciera en el aire. El calor que emana de él es casi febril, un fuego que quema a través de la seda del vestido de Samantha, pegando el tejido a su piel hasta que siente cada pliegue del cuerpo de Dominik como si fuera el suyo propio. Ella debería apartarse. Debería empujarlo, gritar, exigir respuestas—¿Porque Rafael iso eso?, ¿qué demonios está pasando?—pero sus brazos, en lugar de rechazarlo, se alzan con lentitud, como si movidos por una corriente invisible, y se enredan alrededor del cuello de Dominik. Sus dedos rozan el pelo corto de su nuca, ese punto donde el cuero cabelludo se vuelve sensible, y él gime contra su boca, un sonido gutural que vibra en su pecho y se transmite a través de los labios entreabiertos de Samantha. —Joder, pajarito… —murmura Dominik contra sus labios, la voz ronca, quebrada. Sus manos descienden, trazan el arco de sus costillas, deteniéndose justo debajo de sus pechos. No los toca, pero el calor de sus palmas se filtra a través de la tela, y ella siente cómo sus pezones se endurecen, traicioneros, como si supieran lo que viene antes que su propia mente—. No debería… pero no puedo parar. No es una disculpa. Es una confesión. Una rendición.






