Mundo ficciónIniciar sesiónCuando llegaron al hotel. El ascensor sube con un zumbido suave, casi imperceptible, mientras los números rojos del panel iluminan el rostro de Samantha Petrova. Sus dedos, aún temblorosos por la emoción de la boda, se enredan en los de Rafael. El anillo de platino con un diamante central brilla bajo la luz artificial, un recordatorio constante de que ya no es solo Samantha, sino Samantha Adler. El apellido le sabe dulce en la mente, como el champán que bebieron horas atrás en el banquete.
Rafael la observa de reojo, con esa sonrisa tranquila que siempre la ha hecho sentir segura. El perfume de Samantha—un bouquet de jazmín y vainilla—se mezcla con el aroma a cuero y bergamota de su colonia, creando una fragancia íntima que llena el pequeño espacio metálico. —¿Nerviosa? —pregunta él, acariciando con el pulgar el dorso de su mano. Ella niega con la cabeza, pero sus labios traicionan una sonrisa tensa. —No es nerviosismo —miente—. Solo… es mucho. Todo ha pasado tan rápido. —El mejor tipo de vértigo —responde Rafael, acercándose para depositar un beso en su sien—. Confía en mí, princesa. Esta noche será inolvidable. Las puertas del ascensor se abren con un ding melodioso, revelando el pasillo alfombrado en tonos burdeos del piso más exclusivo del Grand Hotel des Arts. Las paredes están revestidas en seda color vino, y los apliques de bronce proyectan una luz cálida que se filtra como miel sobre los muebles de caoba. La suite presidencial los espera al final del corredor, sus puertas dobles de roble tallado abriéndose con un suave clic cuando Rafael desliza la tarjeta magnética. Rafael cierra la puerta tras ellos con un gesto fluido, el sonido del cerrojo al caer resonando como un susurro de promesa. Samantha siente cómo el peso de su mirada recorre su cuerpo, deteniéndose en la curva de su cadera, donde el vestido de novia—ahora ligeramente arrugado por las horas de baile—se ciñe como una segunda piel. —Déjame ayudarte con esto —dice él, acercándose por detrás. Sus dedos, hábiles y seguros, encuentran el cierre invisible del corsé. Samantha contiene el aliento cuando siente cómo el vestido se afloja, liberando su pecho de la presión. El aire fresco de la habitación acaricia su piel desnuda, erizando los finos vellos de sus brazos. —¿Qué… qué tienes planeado? —pregunta, aunque su voz sale más como un susurro ronco. Rafael no responde de inmediato. En lugar de eso, sus labios rozan el lóbulo de su oreja, y Samantha siente el calor de su aliento cuando murmura: —Tengo una sorpresa para ti. Algo… especial. Ella gira ligeramente la cabeza, buscando sus ojos, pero él se aparta con una sonrisa juguetona. —Siéntate en la cama —instruye, señalando hacia el colchón con un gesto—. Y cierra los ojos. Samantha obedece, aunque una chispa de incertidumbre le recorre la espalda. El satén frío bajo sus muslos es una sensación extraña, casi eléctrica. —¿Rafael? —llama, pero su voz se pierde en la espesura de la expectativa. —No hables —responde él, y hay algo en su tono que no es una petición, sino un mandato suave—. Confía en mí. Un segundo después, siente el roce de la tela contra su piel. Algo suave, como seda, se desliza sobre sus ojos, y antes de que pueda reaccionar, Rafael ata un nudo firme detrás de su cabeza. —¿Qué estás—? —No preguntes —la interrumpe, y sus labios rozan los suyos en un beso fugaz—. Espérame aquí. No te muevas. Los pasos de Rafael se alejan, seguidos por el sonido de una puerta al cerrarse. Al principio, la emoción la mantiene inmóvil, su mente pintando escenas de lo que podría estar preparando: pétalos de rosas esparcidos sobre la cama, velas perfumadas, quizá incluso… juguetes. El pensamiento la hace ruborizarse bajo la venda. Pero los segundos se convierten en minutos. —¿Rafael? —llama al fin, la voz apenas un susurro. No hay respuesta. Se aclara la garganta, probando de nuevo, esta vez más alto: —Rafael, ¿estás ahí? Nada. Sus manos encuentran una pared, la superficie lisa de la pintura recién aplicada. La sigue, contando sus pasos, hasta que sus dedos rozan la tela de una cortina. El vidrio frío del ventanal la recibe, y ella se presiona contra él, buscando algún punto de referencia en el negro absoluto. En algún lugar de la habitación, una puerta se abre. Samantha se gira, el corazón dándole un vuelco de alivio. —¿Rafael? —llama, y una sonrisa tímida curva sus labios—. Pensé que me habías olvidado. Los pasos que se acercan son pesados, irregulares. No el andar seguro de su esposo, sino algo más tambaleante, como si quien se moviera arrastrara los pies contra la alfombra. Samantha frunce el ceño detrás de la venda, inclinando la cabeza como un animal que intenta ubicar una fuente de sonido. —¿Estás bien? —pregunta, y su mano se eleva instintivamente hacia la venda. Antes de que pueda tocarla, una presencia se materializa frente a ella. Un cuerpo grande, mucho más grande que el de Rafael, que irradia calor como un horno. Samantha da un paso atrás, su espalda chocando contra el frío del ventanal, pero la figura la sigue. Una mano se posa en su cadera, los dedos anchos y ásperos a través de la seda de su bata. —Esperaba... —comienza ella, pero las palabras se disuelven cuando algo húmedo y cálido roza la concha de su oreja. Un beso. No en los labios, sino en ese punto vulnerable justo debajo del lóbulo, donde la piel se vuelve fina y sensible. Samantha jadea, una reacción que no puede controlar, mientras la mano en su cadera se desliza hacia arriba, rodeando su cintura, atrayéndola contra un torso que sube y baja con respiraciones agitadas. La mano que no sostiene su cintura sube hasta su rostro, los dedos encontrando el nudo de la venda. La luz la ciega por un segundo. Parpadea, los ojos ardientes, y cuando la visión se aclara, no es a Rafael a quien ve. —Dominik —susurra ella, el nombre escapándose antes de que pueda contenerlo. Es Dominik Adler. El tío de Rafael está frente a ella, las pupilas dilatadas hasta casi tragarse el iris gris oscuro. Lleva la camisa arrugada, los primeros botones desabrochados, dejando al descubierto un vello perceptible en el pecho. Su pelo, normalmente peinado hacia atrás con precisión militar, está despeinado, pegado a la frente por el sudor. Respira con dificultad, los labios entreabiertos, como si el simple acto de estar de pie le costara un esfuerzo sobrehumano. —Samantha —dice su nombre como si lo estuviera probando, como si no estuviera seguro de que es real. Ella retrocede instintivamente, pero choca contra la ventana. El frío del cristal se filtra a través del vestido, haciendo que se le pongan los pezones duros. Dominik avanza, tambaleándose ligeramente, como si sus piernas no respondieran del todo. —¿Qué… qué estás haciendo aquí? —logra decir Samantha, presionando la espalda contra la ventana. Su mente corre, buscando una explicación, pero todo lo que encuentra es el recuerdo de las advertencias de Rafael: "Dominik no es un hombre fácil. No lo provoques." Él no responde. En cambio, levanta una mano, los dedos temblorosos, y roza su mejilla. El contacto quema. Samantha contiene el aliento, pero no se aparta. Hay algo en la manera en que la mira—como si estuviera viéndola por primera vez, como si ella fuera agua y él un hombre muriéndose de sed. —Estás… tan fria —murmura Dominik, y su voz suena lejana, como si estuviera hablando desde el fondo de un pozo—. Como hielo. —No me toques—dice ella, pero el comando sale débil, sin convicción. Porque Dominik no la está lastimando. No la está amenazando. Solo la está mirando, con una intensidad que hace que el calor se enrosque en su bajo vientre. Él inclina la cabeza, como si estuviera escuchando algo que solo él puede oír. Luego, sin previo aviso, la atrae hacia sí. El beso es brutal. No hay suavidad, no hay preliminares—solo sus labios aplastándose contra los de ella, su lengua invadiendo su boca con una urgencia que la deja sin aliento. Samantha gime contra él, las manos yendo a su pecho para empujarlo, pero en lugar de eso, sus dedos se enredan en la tela de su camisa. —Por favor —jadea Samantha cuando él finalmente se aparta, solo lo suficiente para hablar. No está segura de si está pidiéndole que pare o que siga. Dominik no parece escuchar. Sus manos están en todas partes ahora—en su cintura, en sus caderas, subiendo por sus costados hasta rozar los lados de sus senos. El vestido de novia, antes una armadura de pureza, ahora se siente como una jaula. Demasiado ajustado. Demasiado caliente. —Necesito… —gruñe Dominik, su frente apoyándose contra la de ella—. Necesito que me ayudes. —¿Ayudarte? —repite Samantha, aturdida. —Siento que me quemo por dentro —confiesa él, y hay una vulnerabilidad en su voz que la desarma. Sus ojos están vidriosos, perdidos—. Como si alguien me hubiera prendido fuego. Ella debería apartarse. Debería gritar. Debería buscar a Rafael. Pero en lugar de eso, siente cómo su cuerpo responde al de él, cómo sus pezones se endurecen aún más, cómo el espacio entre sus muslos se humedece. Dominik no es Rafael. No es su esposo. No es el hombre al que prometió fidelidad hace apenas unas horas. —Déjame… —susurra él, y su mano se desliza entre sus cuerpos, bajando, bajando, hasta que sus dedos rozan el encaje de sus bragas—. Déjame sentirte. Samantha debería decir que no. Debería empujarlo. Pero cuando sus dedos se deslizan bajo la tela, encontrando el calor húmedo entre sus piernas, lo único que sale de su garganta es un gemido ahogado. —Estás empapada —gruñe Dominik, y el sonido que hace después—algo entre un gemido y un suspiro—vibra contra su cuello cuando hunde un dedo dentro de ella. Samantha se agarra a sus hombros, las uñas clavándose en la tela de su camisa. No debería sentir esto. No debería querer esto. Pero el dedo de Dominik se curva dentro de ella, encontrando ese punto que hace que sus caderas se sacudan hacia adelante, buscando más. —Eres tan apretada —murmura él, añadiendo un segundo dedo, estirándola con una lentitud tortuosa—. Como seda. —No deberíamos… —jadea ella, pero su cuerpo traiciona sus palabras, moviéndose contra su mano, buscando fricción. —Shhh —susurra Dominik, su otra mano subiendo para agarrar su garganta con una presión que no duele, pero que le recuerda quién está al mando—. Déjame hacerte sentir bien. Te lo suplico. Y entonces sus labios están en su cuello, mordiendo, chupando, mientras sus dedos trabajan dentro de ella con un ritmo implacable. Samantha debería detenerlo. Debería pensar en Rafael. Pero todo lo que puede hacer es gemir, arquearse, dejar que Dominik la lleve al borde con una habilidad que no debería sorprenderla—después de todo, es un hombre que ha pasado décadas perfeccionando el arte de tomar lo que quiere. Cuando el orgasmo la golpea, es violento. Se corre con un grito ahogado, las piernas temblando, los dedos de Dominik aún dentro de ella, prolongando las olas de placer hasta que Samantha siente que va a desmayarse. Él la sostiene, su cuerpo grande y caliente contra el de ella, mientras ella jadea, tratando de recuperar el aliento. —No te vayas —dice Dominik, y hay una nota de desesperación en su voz que la parte en dos—. Quédate conmigo. Samantha abre los ojos, encontrando los suyos. Está drogado. Tiene que estarlo. No hay otra explicación para esto—por la manera en que la mira, como si ella fuera su salvación. Debería apartarse. Debería buscar a Rafael. Pero cuando Dominik la besa de nuevo, esta vez con una ternura que no coincide con la ferocidad de antes, Samantha se encuentra respondiendo, sus labios moviéndose contra los de él, su cuerpo traicionándola una vez más. —Te daré todo lo que quieras —promete Dominik, su voz un susurro contra sus labios—. Solo quédate. Ayúdame a apagar este fuego.






