La habitación estaba demasiado silenciosa, y Killian lo odiaba.
No había sonido de pasos. No había golpes en la puerta. No había otra respiración más que la suya.
Killian estaba de pie junto a la ventana, con la mirada fija en la oscuridad del jardín del palacio. Sus manos estaban cruzadas detrás de la espalda, su postura erguida como siempre, controlada, inquebrantable.
Al menos… eso parecía.
No se movió cuando el reloj sonó suavemente en un rincón de la habitación.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Y