El silencio que siguió a mi pregunta no fue un espacio de tiempo, fue un abismo que se abrió entre nosotros, tan vasto y profundo que temí que si alguno de los dos se movía, caería en él para siempre. Kyler se quedó petrificado, con la mirada todavía fija en las fotografías esparcidas sobre la mesa. Su mano derecha, que hace un instante buscaba la mía con una urgencia casi desesperada, se cerró con fuerza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Alissa, por favor... —su voz ya no era la