La soledad de la finca se había convertido en mi única aliada, pero también en el testigo silencioso de mi desmoronamiento. Tras mi regreso de la clínica, con la confirmación de que llevaba dos vidas latiendo bajo mi piel, mi percepción del entorno había cambiado radicalmente. Ya no era solo una mujer en fuga; era una madre rodeada de un campo de minas.
Había pasado la tarde analizando un paquete que Enzo me había hecho llegar a través de un mensajero anónimo. Al abrirlo, mis manos no temblaban