noche era clara y fresca en Jarabacoa.
Valeria y Mateo habían decidido no esperar más. Esa misma tarde, después de terminar las tareas del albergue, habían preparado todo en el claro junto al río: una manta extendida, algunas velas pequeñas protegidas del viento, y un ramo de flores silvestres que Sofía había ayudado a recoger.
No había invitados.
No había fotógrafos.
No había contratos ni testigos oficiales.
Solo ellos dos, bajo el cielo estrellado, renovando la promesa que habían hecho cuando