Los días en Jarabacoa se fueron volviendo una rutina hermosa y sencilla.
Valeria se despertaba antes del amanecer, cuando el cielo todavía estaba pintado de tonos violetas y rosados. Bajaba descalza a la cocina de la cabaña principal, preparaba café fuerte y cortaba frutas frescas del huerto. Mateo siempre se levantaba poco después, con el cabello revuelto y la camisa a medio abotonar, y la besaba en la nuca mientras ella terminaba de preparar el desayuno.
—Buenos días, mi vida —murmuraba él co