Alma Nova no durmió esa noche.
Cada vez que cerraba los ojos veía raíces moviéndose bajo su cama, dedos de corteza que intentaban alcanzar sus tobillos. Se despertaba sobresaltada, encendía la pequeña lámpara de la mesita y miraba hacia la ventana. El bosque estaba oscuro y silencioso. Demasiado silencioso.
A la mañana siguiente, el sol brillaba como si nada hubiera pasado. El Refugio Verde parecía un lugar distinto bajo la luz: niños corrían descalzos por los senderos, adultos tomaban café en