Alma Nova despertó con la sensación de que algo la observaba desde dentro de su propio cuerpo.
No era miedo exactamente. Era una vigilancia constante, como si el bosque le hubiera puesto ojos invisibles bajo la piel. Se miró los tobillos a la luz del amanecer. No había nada. Ni raíces, ni marcas, ni tierra. Pero al tocarlos sintió un calor extraño, como si la sangre le corriera más lenta en esa zona.
Salió de la cabaña sin desayunar.
El bosque después de la lluvia olía a tierra mojada, flores a