La mañana siguiente amaneció gris y pesada sobre Santo Domingo.
Valeria se despertó envuelta en los brazos de Mateo, con la cabeza apoyada sobre su pecho y una pierna enredada entre las suyas. Por un momento, todo se sintió perfecto: el calor de su piel, el latido constante de su corazón, el olor familiar que ya empezaba a reconocer como “hogar”.
Pero la perfección duró poco.
Su teléfono vibró insistentemente sobre la mesita de noche. Era un mensaje de Camila:
Camila:
“Val, tienes que ver esto.