Valeria miró el reloj por décima vez. Eran exactamente las once de la mañana. Había quedado con Adrián en un pequeño café a las afueras de Jarabacoa, lejos del Refugio, lejos de Mateo y lejos de Luna. Un encuentro a solas, como él había pedido.
El corazón le latía tan fuerte que sentía que le iba a explotar en el pecho. Se había puesto un vestido sencillo color crema y se había dejado el cabello suelto, tal como lo llevaba veinte años atrás. No sabía por qué lo había hecho, pero lo hizo.
Cuando