Tres días después, la paz de Jarabacoa se rompió con una llamada.
Valeria estaba sentada en el porche de la cabaña principal, con una taza de café en las manos, mirando cómo Mateo cortaba leña a lo lejos. El sol de la tarde bañaba los árboles y por un momento todo parecía perfecto: el sonido del río, el olor a tierra húmeda, la sonrisa tranquila de Mateo cuando la miraba.
Entonces su teléfono vibró.
Era Ramón Montiel.
Valeria dudó un segundo antes de contestar.
—¿Sí?
La voz de su padre sonó frí