viaje a Jarabacoa duró casi tres horas.
Valeria iba en el asiento del copiloto del viejo Jeep Wrangler de Mateo, con la ventanilla bajada y el viento cálido de la Cordillera Central revolviéndole el cabello. Por primera vez en semanas, sentía que podía respirar.
Mateo conducía en silencio, pero su mano derecha descansaba sobre el muslo de ella, un toque constante, protector y tranquilizador. De vez en cuando la miraba de reojo, como si aún no pudiera creer que ella hubiera elegido venir con él.