El camino de vuelta a Jarabacoa fue largo, pero cada kilómetro que dejaban atrás se sentía como una liberación.
Valeria iba sentada en el asiento del copiloto, con la cabeza apoyada en el hombro de Mateo mientras él conducía. El paisaje cambiaba poco a poco: de las luces y el bullicio de Santo Domingo a las curvas suaves de la montaña, el verde intenso de los pinos y el aire cada vez más fresco y limpio. Ella respiraba profundo, como si quisiera llenarse los pulmones de esa paz que tanto necesi