Ian no dijo nada de inmediato. Dejó el vaso sobre la mesa con lentitud, como si temiera que cualquier movimiento brusco la hiciera retroceder. Sus ojos zafiro, oscuros por la penumbra, se clavaron en ella, recorriendo su figura con una mezcla de alivio y una adoración contenida que no pudo ocultar del todo.
—Siéntate —solicitó amable, con una voz que había perdido cualquier rastro de frialdad—. Por favor.
Annie asintió brevemente y tomó asiento frente a él. La tensión inicial seguía allí, un hi