Sintió el palpitar de su corazón acelerado hasta en sus oídos. Annie tembló sin poder evitarlo. Con los dedos aún temblando por la noticia que acababa de ver en televisión, fue por un café a la máquina expendedora. Necesitaba calmarse. Él creerá que fui yo, pensaba, sintiendo un nudo asfixiante en la garganta. La máquina dejó caer el vaso de cartón, pero antes de que pudiera tomarlo, algo la detuvo. Annie alzó la vista y el corazón se le paró. Dos hombres vestidos con trajes oscuros habían bloqueado silenciosamente los extremos del pasillo. Y avanzando por el centro, caminando con la seguridad de un depredador a punto de abalanzarse sobre su presa, estaba él. Ian Winchester. Si ella estaba completamente asustada, ahora que veía a ese hombre imponente cerca de ella, sentía que la letalidad de su mirada la había alcanzado. Él, se había quitado la corbata, llevaba el primer botón de la camisa desabrochado y su cabello oscuro estaba ligeramente desordenado, como si hubiera pasado
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