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Tras cerrar la puerta de la habitación con un golpe seco, Ian no buscó el refugio de la cama. Se deslizó por la madera hasta tocar el suelo, ocultando el rostro entre sus manos. Sus hombros, habitualmente anchos y firmes, empezaron a sacudirse con una violencia que le era ajena.

El llanto comenzó como un sollozo ahogado, pero pronto se convirtió en un desgarro silencioso. No entendía por qué se rompía de esa forma. Había construido su vida sobre la premisa de la contención absoluta, creyendo qu
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