Nueva York, un año después. Nuestra boda no iba a ser un evento corporativo. Después de pasar años asistiendo a galas de la compañía donde cada sonrisa era un cálculo y cada apretón de manos una estrategia, Noah y yo teníamos una sola regla para nuestro gran día: privacidad absoluta.
Elegimos la azotea de un antiguo edificio industrial restaurado en Brooklyn, con vistas directas al skyline de Manhattan. Era el atardecer, la hora en que el cielo se tiñe de tonos cobrizos y violetas, el mismo tip