El día siguiente fue un ejercicio de calma forzada. La fiebre de Ian había cedido, pero el cansancio aún se le reflejaba en los ojos, obligándolo a permanecer en el sofá, bajo la atenta vigilancia de Annie. Ella no se separaba de su lado: le traía paños frescos, le preparaba caldos ligeros y se aseguraba de que cumpliera el reposo.
El ambiente en la villa era inusualmente íntimo. Sin la presión de la empresa o las cámaras acechándolos, las barreras de Ian empezaron a agrietarse. Mientras el sol