06

El trayecto en el auto de lujo era lento, el silencio solo interrumpido por sus respiraciones entrelazadas. Annie miraba la pantalla oscura de la tablet que Ian le había entregado. La imagen de su madre en la suite privada seguía grabada en su mente. Él había movido los hilos de su vida con la misma facilidad con que firmaba contratos. En realidad se sentía atrapada. Como si él tuviera el control absoluto sobre ella.

—A partir de hoy, mi casa será tu casa —señaló Ian, sin apartar la vista de los documentos—. Tus cosas ya no importan. Mañana un equipo se encargará de que tengas un guardarropa adecuado para tu nueva posición.

Annie apretó los puños.

—¿Así de simple? ¿Me arranca de mi vida y espera que sonría? ¡Está pasándose! —reclamó y refunfuñó, pero atada de nuevo a la imagen de su madre en buenas manos.

Ian la miró. Sus ojos zafiros estaban llenos de frialdad. Harto de que ella no comprendiera.

—Haré de cuentas que no escuché tus quejas. Estoy siendo bondadoso contigo, deja de arruinarlo —casi ordenó tendiendo una carpeta y ella la tomó resignada —. Este es tu nuevo manual de vida. Léelo con atención. Convivencia obligatoria, disponibilidad absoluta para eventos públicos, y cero relaciones sentimentales externas. Frente a las cámaras y mi familia, eres la mujer que amo. Una equivocación, un titubeo, y el trato se anula. ¿Queda claro?

Ella tragó, sintiendo que las paredes del auto se cerraban. Asintió lentamente. Ya no había vuelta atrás.

Media hora después, llegaron al estacionamiento subterráneo. Ella se sentía secuestrada. Realmente enfadada por su actuación.

Una vez dentro, el personal la guió hasta su habitación, un espacio decorado con gusto, con una cama king size que parecía devorarla. Cuando la puerta se cerró, todo lo que contuvo la aplastó, una carga se desplomó sobre ella. El agotamiento trajo miedo que le calaba los huesos. Y las lágrimas se acumularon.

—Debo pensar en mamá, ella es lo importante —se convenció a sí misma, aunque agotada.

Al poco tiempo tocaron a la puerta.

—¿Qué quieres? —susurró abriendo un poco.

Él suspiró hondo.

—Deberías cenar —su voz grave perforó su cabeza —. Ah, si te preocupan tus cosas, puedo ser un poco flexible al respecto, pero que estés aquí es lo apropiado para que todo funcione. Cuando sientas que es demasiado, piensa en tu madre, si la amas tanto, sé que podrás hacer un sacrificio por ella.

Aquellas palabras la atravesaron, más allá de la realidad, él parecía recordarle que no tenía escapatoria.

Esa noche cenó algo ligero, afortunadamente a solas en una enorme mesa; sin embargo, no pudo dormir. Las horas pasaron marcadas por el tictac del reloj. Cerca de las tres de la madrugada, decidió salir al pasillo en busca de agua.

El penthouse estaba en penumbra. Caminó descalza por el suelo gélido que quemaba sus pies desnudos, guiándose por las luces de cortesía. Estaba a punto de llegar a la escalera principal cuando un sonido la hizo detenerse.

Un siseo áspero. Un jadeo.

El corazón le dio un vuelco. Y, tuvo un recuerdo nítido.

Annie corrió hacia el ruido, olvidando su resentimiento. La puerta de la habitación principal estaba entreabierta. Empujó la madera de roble y la escena que encontró la dejó sin aliento.

Ian estaba apoyado contra la pared, en pantalones de pijama, su torso desnudo brillaba por el sudor. Se aferraba a su garganta, palpando desesperadamente la mesa de noche. Estaba teniendo un ataque.

—¡Ian! —Annie acortó la distancia, olvidándose hasta de formalidades.

Toda su imagen de hombre de piedra había desaparecido. Ahora era un hombre vulnerable. Annie no pensó, actuó. Se arrodilló junto a la cama, abriendo el cajón de la mesa de noche hasta que sus dedos encontraron un inhalador.

Se puso de pie frente a él. Ian temblaba, sus ojos estaban oscuros por el pánico.

—Lo tengo. Mírame —emitió asustada, siendo un manojo de nervios —. Respira. Inhala profundo, solo hazlo.

Presionó el inhalador. Ian absorbió el medicamento con urgencia. Su pecho subía y bajaba bruscamente. Instintivamente, Annie colocó una mano sobre su pecho, sintiendo su corazón galopar, y con la otra acarició su espalda para calmarlo.

—Eso es, despacio... concéntrate en mi voz —murmuró, tan cerca que sus alientos se unían.

Lentamente, el silbido comenzó a ceder. Sus pulmones volvieron a llenarse de aire, pero la tensión seguía en el ambiente. Ian dejó caer la frente contra el hombro de Annie, exhausto. Ella se quedó rígida, sintiendo el calor de su piel. No se apartó. Su mano acarició su nuca, ofreciendo consuelo.

Ian levantó la cabeza lentamente. Estaban tan cerca que sus narices casi se rozaban. Sus ojos ya no tenían ese brillo calculador; ahora la miraban con intensidad, como si algo quemara. Su mirada bajó hasta sus labios y ella pasó saliva con dificultad.

Nunca sintió algo parecido, era algo nuevo que le arrebató el oxígeno en un parpadeo.

—Deberías... debería intentar dormir —logró balbucear, asustada de lo que sentía, tratando de poner distancia.

Antes de que pudiera alejarse, Ian la detuvo con una mano en la cintura. Un escalofrío recorrió su espalda, el presentimiento de que pasaría algo la atravesó con fiereza.

—No te vayas —susurró.

Su otra mano subió lentamente, acariciando su brazo hasta llegar a su rostro. El contacto encendió su piel, ardía cada poro de su ser. Annie soltó un suspiro tembloroso, hipnotizada.

Entonces ocurrió, inclinó la cabeza y se acercó directo al objetivo, ella cerró los ojos por inercia, sintiendo pronto el sabor de un roce de labios; Ian intensificó el beso, dejó de ser un toque, los convirtió en dinamita. La estrechó contra su pecho, Annie jadeó contra sus labios, respondiendo al beso con desesperación.

Retrocedieron, tropezando en la oscuridad, hasta que sus rodillas chocaron contra el borde de la cama.

Cayeron juntos en un abrazo irrompible. Ian se posicionó sobre ella, sosteniendo su peso, pero sin dejar de besarla. Tal vez era solo deseo o quizás el hecho de no haber estado con nadie en mucho tiempo, pero existía una urgencia por volverla suya.

Sus manos recorrieron su silueta, mientras sus latidos se sincronizaban en una canción prohibida. Todo lo demás se borraba, nada más que ellos dos, era todo lo que importaba. Aun así se detuvo por un segundo, mirando sus ojos, tenía las pupilas dilatadas y el cuerpo prisionero de la exaltación.

—¿Quieres que siga? Aún puedo detener esto si me lo pides —gruñó.

—Si voy a convertirme en su esposa por obligación, si debo hacer mi parte, ¿por qué hace tontas preguntas, señor Winchester? —emitió en un hilo, nublada por lo que sentía, no había raciocinio, ni retrocesos, solo quería entregarse a sus brazos y perder la cabeza.

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