05

Annie Rothschild sintió que todos en la agencia Fitzwilliam la miraban más que de costumbre. Y ella que ya andaba paranoica por lo del hospital, se quedó clavada en esa sensación de tener demasiada atención encima. Las miradas, llenas de juicio y una curiosidad malsana, la seguían como focos mientras caminaba hacia su pequeño cubículo.

Por eso estuvo nerviosa casi toda la mañana

No había terminado de dejar su bolso cuando la voz de su jefe, el señor Fitzwilliam, tronó a través del intercomunicador.

—Rothschild. A mi oficina. ¡Ahora!

Annie caminó con las piernas temblorosas. Sobre el escritorio del señor, una tableta mostraba la imagen que había incendiado las redes sociales esa mañana: Ian Winchester, el hombre más poderoso del país, sosteniéndola a ella contra la pared de un hospital en un beso que parecía sacado de una película romántica.

Sin embargo, solo se pintaba para ella como una cinta de terror.

El señor Fitzwilliam la miró de arriba abajo con una mueca de incredulidad.

—¿Me puedes explicar qué es este circo, Annie? —preguntó, señalando la pantalla—. Un cliente importante me llamó preguntando por qué una de nuestras asistentes junior aparece en los tabloides con el CEO de Winchester. Creí que era una broma de mal gusto, pero al ver la foto, indudablemente eres tú.

Annie tragó grueso. Sus manos, escondidas bajo la mesa, no dejaban de temblar.

—Es... es real, señor —susurró, con la voz apenas audible—. Sí, soy yo la de la foto.

El silencio que siguió fue tan intenso que aturdía más que ruido mismo, y cuando se rompió fue peor. Fitzwilliam se estaba burlando en su cara, lleno de desprecio.

—¿Tú? —se burló, recostándose en su silla—. Por favor, Annie. Tienes un parecido razonable, pero seamos realistas. Un hombre como Ian Winchester, un hombre que tiene a modelos y mujeres a sus pies, ¿se fijaría en una empleada de recados que apenas puede pagarse el alquiler? No me mientas.

—No le miento —replicó ella, aunque el rostro le ardía de vergüenza.

Sin embargo tenía que mitigar no solo el enojo, sino también la impotencia que sentía.

—Voy a llamar a la oficina de Winchester ahora mismo para aclarar esta confusión sacada de un circo, no, de hecho lo llamaré personalmente—casi rugió el viejo burlón, tomando el teléfono con arrogancia.

Annie sintió que el mundo se desmoronaba. Y, cuando puso el altavoz escuchó la voz ronca, fría y perfectamente reconocible de Ian Winchester.

—¿Quién habla?

—Señor Fitzwilliam ¿no?—soltó enderezandose en su asiento, sintiéndose tan inferior, incluso dueño y jefe de su propia agencia, pero ante Winchester no era nada —. Me alegra que conteste usted. Señor ante todo quiero disculparme, si una de mis empleadas ha causado un problema, le prometo que...

—Espere señor Fitzwilliam... Estaba a punto de entrar a su edificio. Mi prometida, Annie, ha pasado por mucho estrés últimamente y no quiero que pierda un minuto más en ese cubículo. Es de ella de quien habla, ¿no?

El rostro de Fitzwilliam pasó del rojo al blanco en un segundo. Fuera de lugar. Mientras que miraba a Annie, que allí permanecía cabizbaja y llena de mucha pena.

—¿Su prometida? —susurró sin dar crédito —. Señor... Señor Winchester... yo no...

Poco después alguien se abrió paso en la oficina sin siquiera molestarse en tocar. Apareció, tan deslumbrante como siempre, allí estaba el elegante Ian, con su traje a ma medida y sus ojos enfocados en ella. Caminó directamente hacia Annie y, frente a la mirada atónita de aquel hombre que los observaba casi con la mandibula en el suelo, tomó su mano con una firmeza posesiva.

—Annie, ya es hora, vámonos —señaló , dedicándole una sonrisa gélida que no llegaba a sus ojos—. El señor Fitzwilliam comprende que tu renuncia es inmediata. Tenemos una boda que planear. No puedes ser la chica de los recados ahora que te convertirás en mi esposa.

Fitzwilliam cada vez más perplejo, no le salía ni una sola palabra, solo balbuceos incoherentes.  Y nada terminó allí, dejándose llevar al exterior, Annie tragó duro, sintiendo la mirada de sus ahora excompañeros clavados en su espalda como dagas. Solo cuando las puertas del ascensor se cerraron y estuvieron solos, soltó la mano de Ian como si quemara.

—¡¿Qué fue todo eso?! —le reclamó con la respiración desbocada y los labios pálidos —. El trato era ser prometidos, una coartada, ¡no organizar una boda real frente a mi jefe! ¡Usted dijo que solo sería una fachada!

Ian se acomodó la corbata, recuperando su dominio, su expresión de CEO imperturbable mientras seguían bajando al estacionamiento subterráneo; no fue sino hasta que estuvieron en el auto en marcha, que la miró.

—¿No me va a decir nada? —casi gritó cruzada de brazos en el puesto de copiloto.

—Un compromiso sin planes de boda es un compromiso que nadie cree, Annie —respondió sin mirarla—. La junta directiva necesita ver que hay una fecha, un futuro. Necesitan creer que mi estabilidad emocional es absoluta.

—¡Usted no puede decidir eso por mí! —gritó ella, con lágrimas de frustración—. Acabo de perder ese empleo por su culpa. ¡Soy una cazafortunas delante de todos!

Ian giró la cabeza lentamente. Sus ojos  se clavaron en los de ella con una intensidad que la hizo callar. Sin decir una palabra, le tendió una tablet.

Ella se paralizó.

En la pantalla, Annie vio un video en directo. Su madre estaba en una suite privada que parecía más un hotel de cinco estrellas que un hospital. Ella lo miró atónita.

—¿Qué es esto? ¿Por qué mamá está...

—Cumplí mi parte del trato antes de lo que creiste, Annie —señaló Ian, con una voz baja y peligrosa—. Tu madre tiene la mejor atención médica del mundo y tus deudas han sido borradas. Ahora deja de quejarte y haz tu parte.

Ella estaba estupefacta. Lo que sentía no quemaba como el hielo, ni ardía como el fuego, la sensación de sentirse controlada por él; el hecho de convertirse en "su esposa" por obligación, era un efecto aterrador.

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