La mañana siguiente, en la agencia Fitzwilliam parecía girar a un ritmo aún más frenético de lo habitual, pero Annie apenas lo notaba. No había pegado un ojo en toda la noche. Cada vez que cerraba los párpados, volvía a sentir que revivía una noche que se sintió para ella abrasadora; no borraba de su mente a Ian Winchester acorralándola en la oscuridad y su amenaza que la persiguió hasta en los sueños de anoche.
Estaba organizando un montón de carpetas con manos temblorosas cuando la voz de la secretaria principal se escuchó por el intercomunicador de su pequeño cubículo.
—Rothschild. A la sala de juntas principal. Ahora.
El estómago de Annie cayó hasta el piso. Se preguntaba por qué la llamaban, pero estaba tan traumada y enfocada en lo de anoche, que su mente arrojó su propio fin allí. Iban a despedirla, y si eso ocurría los tratamientos de su madre se quedarían sin pagar. Tragó saliva, se alisó la falda de tubo barata que llevaba puesta y caminó por el pasillo lentamente.
Se obligó a controlarse a decirse que lo más lógico es que le darían más pendientes, o tal vez algo más irreal como felicitaciones por su desempeño de anoche. En todo caso no había razón para perder su trabajo, no hizo nada malo.
Finalmente, terminó empujando la pesada puerta de la sala de juntas esperando encontrarse con su jefe, sin embargo la sala se encontraba completamente vacía, a excepción de una figura sentada con arrogancia en la cabecera de la inmensa mesa.
Ian Winchester. Llevaba un traje azul marino impecable, sin un solo pliegue fuera de lugar. A la luz del día, era aún más intimidante. Sus ojos fríos y calculadores la escanearon de arriba abajo, haciéndola sentir minúscula.
Sin decir una palabra, Ian deslizó una elegante carpeta de cuero negro por la larga mesa pulida hasta que se detuvo justo frente a ella. Junto a la carpeta, dejó un bolígrafo.
—Señor Winchester... ¿por que está aquí?
—Léelo y firma —ordenó, carente de cualquier emoción, sin ganas de darle explicaciones —. Hazlo si no quieres tener problemas.
Annie abrió la carpeta con dedos torpes. Era un acuerdo de confidencialidad absoluto. Un contrato férreo que dictaba que si ella alguna vez mencionaba la palabra "asma", "inhalador" o "ataque" en la misma oración que el nombre de Winchester, él tendría el derecho legal de embargar hasta el último centavo que ella ganara por el resto de su vida, además de enfrentarse a la ruina penal.
Sintiendo un nudo en la garganta, Annie tomó el bolígrafo y firmó en la línea punteada. No tenía opción.
Cuando terminó, levantó la barbilla. A pesar del terror que le inspiraba aquel hombre, había algo en su actitud prepotente que encendió una pequeña chispa de indignación en su pecho.
—Ya está —casi escupió, empujando la carpeta de vuelta—. Aunque esto era innecesario, señor Winchester.
Ian enarcó una ceja, claramente no acostumbrado a que lo desafiaran.
—¿Innecesario? Un secreto de esa magnitud en manos de una empleada de nivel bajo es un riesgo que no voy a correr. Todo el mundo tiene un precio ¿no?
—Yo no —replicó Annie, apretando los puños a los costados—. No iba a decir nada. Así que se equivoca conmigo, señor. Sé lo que es sentirse expuesto ante un mundo en el que debe ser un roble. Así que, su secreto está a salvo conmigo.
Ella por un segundo se sintió fuerte, pero su risa burlona, esa carcajada del millonario hizo saltar las alarmas. Entonces pareció resquebrajarse.
—No se equivoque señorita Rothschild, no tiene idea de lo que dice, no me conoce, no se crea mi salvadora, esto es una advertencia.
Ian tomó la carpeta sin decir gracias, se puso en pie y abandonó la sala de juntas, dejando a Annie sola con el corazón desbocado.
Ella se llevó una mano a su pecho, casi ni podía respirar. Ese día se quedó grabado a fuego en su cabeza.
***
Un par de días después, Annie pelaba una manzana sentada al borde de la cama, mirando con ternura el rostro demacrado de su madre. El cáncer había avanzado rápido, pero la sonrisa de la mujer seguía siendo tan cálida como siempre.
—Deberías irte a casa a descansar, mi niña —murmuró su madre, acariciando la mano de Annie—. Trabajas demasiado en esa agencia.
—Estoy bien, mamá. Hoy es mi día libre, y no hay ningún lugar en el que prefiera estar —mintió con dulzura, omitiendo las horas extras que planeaba hacer en la noche.
En la esquina de la habitación, el pequeño televisor sintonizaba un canal de noticias a bajo volumen. Annie cortó un trozo de manzana, pero antes de que pudiera dárselo a su madre, un cintillo rojo parpadeó en la pantalla con un titular de "ÚLTIMA HORA".
La presentadora miró gravemente a la cámara.
"...un escándalo sin precedentes sacude hoy los cimientos de Winchester. Una fuente anónima ha filtrado informes médicos confidenciales que confirman que el implacable CEO, Ian Winchester, padece de asma crónica y severa, sufriendo colapsos que han sido encubiertos durante años. Las acciones de la compañía han caído un doce por ciento en la última hora..."
El cuchillo se resbaló de las manos de Annie y cayó al suelo.
La sangre abandonó su rostro por completo. Se quedó paralizada, con los ojos muy abiertos, clavados en la fotografía de Ian que dominaba la pantalla. Sintió que le faltaba el aire. Ella no había dicho nada. No le había contado a nadie. Pero la filtración estaba ahí, destruyendo el nombre del hombre más poderoso del país.
—¿Estás bien, Annie? —preguntó su madre, preocupada al verla tan pálida.
—S-sí —tartamudeó ella, forzando una sonrisa aterrorizada mientras recogía el cuchillo con manos temblorosas—. Todo está bien, mamá.
Pero sabía que nada estaba bien. Él iba a destruirla.
A kilómetros de allí, en la compañia del hombre, el infierno se había desatado. Los teléfonos no dejaban de sonar, los ejecutivos corrían por los pasillos, pero dentro de la oficina principal, él había perdido el control.
Ian Winchester estaba de pie frente a las paredes cristalizadas que permitian ver la ciudad a sus pies. Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que apretaba el borde de su escritorio. Se había arriesgado. Había mirado a los ojos a esa insignificante asistente y, por un estúpido segundo, le había creído.
La puerta de la oficina se abrió a sus espaldas. Era Christopher, su leal y siempre eficiente asistente personal, luciendo pálido como el papel.
—Señor, la junta directiva exige una reunión de emergencia. La prensa está acampando en el vestíbulo. ¿Podría venir de inmediato?
El pobre tipo estaba temblando.
Ian no se giró. Su voz, incluso cuando no la elevó, fue suficiente para que Christopher volviera a sentir un salto en su pecho.
—Cancela la reunión. Trae el auto —ordenó Ian, girándose por fin, con los ojos plagados de una sed de venganza absoluta—. Y, Christopher... localiza a la asistente de la agencia Fitzwilliam. Annie Rothschild. Encuéntrala, a como dé lugar.